Una reflexión sobre la fuerza, las redes que nos sostienen y las condiciones que necesitamos para continuar.
Estamos acostumbrados a asociar la fuerza con la capacidad de resistir, aguantar, superar obstáculos y seguir adelante a pesar de todo. En el trabajo, en el activismo y en nuestras propias vidas, admiramos a quienes pueden con todo, incluso cuando hacerlo tiene un coste enorme.
Pero ¿y si la fuerza no dependiera únicamente de cuánto somos capaces de soportar, sino también de las condiciones que construimos para poder continuar?
La historia de las Mujeres Amazónicas de Ecuador nos permite mirar estas preguntas desde una realidad concreta.
Durante más de una década, estas mujeres se han organizado para defender sus territorios, sus derechos y sus formas de vida frente al extractivismo. Son madres, lideresas, activistas y guardianas de conocimientos ancestrales que han unido sus voces para proteger el futuro de sus comunidades y la selva de la que forman parte.
Una lucha por el territorio y la vida
Para entender su historia, tenemos que volver a 2013. Ecuador estaba impulsando la expansión de la actividad petrolera en la Amazonía, con nuevas concesiones que afectaban a territorios habitados por comunidades indígenas. Para muchas de ellas, aquello no era simplemente una disputa sobre el uso de la tierra: estaba en juego su forma de vida, su autonomía y la relación con un territorio que no entendían como un recurso que explotar, sino como parte de su propia existencia.
En junio de aquel año, mujeres de distintas nacionalidades amazónicas se reunieron en Puyo para organizar una respuesta. Y en octubre, más de cien mujeres emprendieron una marcha de alrededor de 250 kilómetros hasta Quito. Querían llevar sus demandas al centro político del país y hacer visible lo que estaba ocurriendo en sus territorios.
No solo se oponían a la expansión petrolera. Defendían otra manera de entender la selva, expresada en la propuesta de Kawsak Sacha, o Selva Viviente: un territorio vivo, lleno de relaciones, conocimientos y formas de vida que no podían reducirse a su valor económico.
Su lucha continuó durante los años siguientes. En 2018 presentaron el Mandato de las Mujeres Amazónicas Defensoras de la Selva frente al Extractivismo, con demandas para frenar la expansión extractiva, respetar los derechos de los pueblos indígenas y proteger sus territorios.
Pero enfrentarse a estos intereses también tiene consecuencias. Las mujeres que defienden sus comunidades se exponen a amenazas, hostigamiento y violencia. Varias integrantes de este colectivo han denunciado agresiones relacionadas con su labor como defensoras. Y no es un problema del pasado: la violencia contra quienes defienden los derechos humanos y ambientales sigue siendo una realidad en distintos territorios de América Latina.
Así, una lucha que comienza con la defensa del territorio también se convierte en una lucha por la vida, la seguridad y los derechos de quienes lo defienden.
Pero ¿cómo han conseguido sostener su lucha durante tantos años, a pesar de las hostilidades y de todo lo que está en juego?
Cuidándose. Apoyándose unas a otras, protegiéndose, compartiendo conocimientos y creando espacios para sanar y organizarse. Porque defender aquello que importa también implica cuidar a quienes lo defienden.
El cuidado como estrategia
En la experiencia de las Mujeres Amazónicas, el cuidado adopta distintas formas. Cada una responde a una necesidad concreta y, juntas, ayudan a sostener tanto a las mujeres que forman parte de la lucha como aquello que quieren proteger.
El cuidado como protección.
Defender el territorio puede implicar exponerse a amenazas, hostigamiento y violencia. Ante estos riesgos, las redes de apoyo y acompañamiento son fundamentales: permiten compartir preocupaciones, buscar respaldo y no afrontar las dificultades en soledad. La protección deja de ser únicamente una responsabilidad individual y se convierte en una tarea colectiva.
El cuidado como refugio.
Toda lucha necesita espacios donde las personas puedan encontrarse más allá de los momentos de movilización. Lugares para conversar, descansar, compartir experiencias y organizarse. En 2022, la Casa de Mujeres Amazónicas abrió sus puertas en Puyo, ofreciendo un espacio propio para reunirse, fortalecer sus vínculos y desarrollar sus actividades. Un lugar donde la organización y el cuidado pueden convivir.
El cuidado como sanación.
Resistir durante años también deja huella en el cuerpo y las emociones. Por eso, las prácticas de medicina tradicional, el uso de plantas y los espacios de acompañamiento y sanación forman parte de sus maneras de cuidarse. Atender el desgaste, recuperar fuerzas y compartir lo vivido permite reconocer que las personas que defienden una causa también necesitan ser sostenidas.
El cuidado como transmisión de conocimientos.
Proteger la Amazonía también significa preservar las culturas y los saberes que han crecido en relación con ella. Los rituales, la medicina tradicional y los conocimientos transmitidos entre generaciones mantienen viva una forma de comprender y habitar el territorio. Compartirlos y transmitirlos es una manera de cuidar su legado y asegurar que siga formando parte de la vida de las siguientes generaciones.
El cuidado como autonomía.
Cuidar también implica contar con posibilidades reales para decidir sobre la propia vida. Impulsar iniciativas económicas, compartir saberes y dar valor al trabajo de las mujeres puede contribuir a fortalecer su autonomía y ampliar sus opciones. La defensa de sus derechos y de sus territorios está vinculada también a la posibilidad de sostener sus formas de vida y participar en las decisiones que les afectan.
Estas distintas formas de cuidado nos muestran que sostener una lucha va mucho más allá de resistir. También implica protegerse, sanar, preservar lo que se sabe, fortalecer los vínculos y construir autonomía.
El cuidado no sustituye la lucha política. Forma parte de lo que permite sostenerla.
¿Qué podemos aprender de esta historia?
1. La trampa de la resistencia individual
Vivimos en una cultura que celebra la autosuficiencia. Admiramos a quienes resuelven, se adaptan, superan las dificultades y siguen adelante sin pedir demasiado a cambio. En el ámbito profesional hablamos de resiliencia, de gestionar la incertidumbre y de aprender a convivir con el cambio. En nuestras vidas personales, a menudo hacemos algo parecido: intentamos llegar a todo, encontrar nuestras propias respuestas y seguir funcionando incluso cuando necesitamos parar.
La capacidad de resistir es importante. El problema aparece cuando la convertimos en una exigencia permanente y olvidamos preguntarnos qué está haciendo posible esa resistencia, o qué precio estamos pagando por mantenerla.
Porque no es lo mismo tener recursos para atravesar una dificultad que verse obligado a soportarla sin apoyo. Tampoco es lo mismo admirar a alguien por su fortaleza que preguntarnos qué necesita para no tener que demostrarla constantemente.
Cuando toda la responsabilidad recae en el individuo, dejamos fuera de la ecuación algo fundamental: las relaciones, los espacios y las estructuras que hacen posible que una persona, una comunidad o un equipo pueda continuar.
2. No basta con pedir resiliencia: hay que crear condiciones
Esta distinción también importa cuando trasladamos la reflexión a nuestras vidas y organizaciones.
Hablamos mucho de resiliencia, de liderazgo y de gestión del cambio. Queremos personas capaces de adaptarse, equipos que respondan ante la incertidumbre y organizaciones que puedan transformarse sin perder el rumbo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué necesitan las personas para atravesar esos procesos.
Pedimos flexibilidad, pero no siempre ofrecemos seguridad. Esperamos compromiso, pero no siempre generamos confianza. Queremos que los equipos colaboren, aunque sus dinámicas, sus objetivos o sus formas de trabajar no siempre faciliten esa colaboración.
Y cuando algo se complica, con frecuencia buscamos la solución en las capacidades individuales: más formación, más motivación, más resiliencia. Como si el problema estuviera únicamente en las personas y no también en las condiciones en las que trabajan.
Pero las personas no operan en el vacío. Necesitan relaciones de confianza, espacios donde expresar sus dificultades, tiempo para aprender, apoyo para afrontar los conflictos y estructuras que permitan compartir responsabilidades.
Crear esas condiciones también es una forma de cuidar.
No significa evitar la exigencia, renunciar a los objetivos o pensar que todo puede resolverse haciendo que las personas se sientan bien. Significa reconocer que los resultados no aparecen de manera aislada: dependen de un sistema de relaciones, recursos y decisiones que los hacen posibles.
Si queremos equipos capaces de atravesar transformaciones complejas, no basta con pedirles que sean fuertes. También tenemos que diseñar entornos donde puedan apoyarse, aprender, reparar lo que no funciona y encontrar nuevas maneras de avanzar.
La pregunta deja de ser únicamente cómo hacemos a las personas más resilientes y pasa a ser qué estamos haciendo para que no tengan que sostenerlo todo por sí solas.
3. La transformación es una carrera de fondo
Estamos acostumbrados a trabajar con objetivos, plazos e indicadores que nos permiten comprobar si avanzamos. Necesitamos resultados, y medirlos es importante. El problema aparece cuando solo reconocemos aquello que produce un efecto visible a corto plazo.
La trayectoria de las Mujeres Amazónicas muestra una forma distinta de entender el tiempo de la transformación. Desde las movilizaciones de 2013 hasta la presentación de sus demandas en 2018 y la apertura de su Casa en 2022, su recorrido no se limita a una sucesión de acontecimientos. También habla de continuidad, organización y construcción de capacidades a lo largo de los años.
Hay cambios que no se consiguen con una intervención puntual. Construir confianza, desarrollar una comunidad, transmitir conocimientos o cambiar las condiciones que generan un problema requiere tiempo y continuidad. Parte de ese trabajo puede parecer poco visible, pero resulta decisivo para sostener los avances.
En las organizaciones ocurre algo parecido. Podemos completar un proyecto y entregar resultados sin haber desarrollado las capacidades que necesitamos para el siguiente. Podemos lanzar una iniciativa de transformación sin dedicar suficiente atención a las relaciones, los aprendizajes y las prácticas que permitirán mantenerla viva. Y, al pasar de un proyecto al siguiente, olvidamos que los equipos también necesitan recuperar fuerzas, reparar lo que se ha deteriorado e integrar lo aprendido. Porque no se trata solo de preparar el próximo proyecto, sino de cuidar a las personas que lo harán posible.
Mirar a largo plazo no significa renunciar a los resultados ni justificar procesos que no avanzan. Significa reconocer que el éxito de una transformación no depende únicamente de lo que conseguimos hoy, sino también de lo que queda construido para continuar mañana.
La fuerza de lo que sostenemos en común
La historia de las Mujeres Amazónicas nos recuerda que la fuerza y el cuidado no son opuestos. Que cuidar no significa dejar de luchar, del mismo modo que resistir no debería significar tener que soportarlo todo en soledad.



